Momentos de relato (I): Carver

martes, 30 de enero de 2024


Leer relatos es una opción a la que recurro bastante, a veces porque sí, pero también cuando me apetece leer algo bien escrito (suelo seguir recomendaciones que no fallan) pero no me siento con la capacidad de concentración necesaria para hacer frente a un libro entero.


No obstante, no siempre ha sido así; fue una aproximación gradual, sobre todo porque al principio, aunque estuviera disfrutando de un relato (quizás más cuanto más me gustaba) cuando lo terminaba me sabía a poco, me quedaba con ganas de más. Pronto me di cuenta de que esa sensación es la que define el buen relato: la imaginación del lector tiene que trabajar para completarlo. Hemingway decía que el buen relato debe reflejar solo una pequeña parte de la historia, dejando el resto a la interpretación del lector.


Desde hace tiempo, Niundiasinlibro viene recomendando (con insistencia) leer a Carver (aquí su última publicación de instagram; como siempre aconsejo reservar un ratito para disfrutar de las publicaciones de Juanjo); así llegué a Catedral. 




Un tren, una clínica de desintoxicación, un cuarto, una casa; matrimonios aparentemente normales, aburridos, alcohólicos, divorciados, familias... personajes cotidianos, problemas ordinarios y una tensión palpable y sostenida a lo largo de cada relato.


Se lee con el corazón encogido, sin saber muy bien por qué. No hay miedo, no hay finales que expliquen esta sensación, pero ahí está. Una enfermedad, un divorcio o quedarse sin empleo, situaciones con las que convivimos a diario, se convierten (Carver mediante), en angustia, en un malestar que te acompaña desde la primera línea hasta la última. 


Y llega el final del relato y quieres más, claro que sí, imaginas mucho más, porque no es una historia con un final; es la historia de alguien que conoces, que incluso podrías ser tú, y por tanto sabes que continúa y la sensación de incomodidad se hace más patente. Y lo disfrutas. 


Destaco entre todos ellos “Parece una tontería”. No voy a desvelar el argumento; creo que este libro debe leerse sin saber qué esperar. Sólo decir que ese día, tras terminarlo, tuve que dejar de leer. La idea de un destino determinado por una combinación de suerte (mala suerte) y absurdo me resultó insoportable, por real. Después de terminar el libro, volví a leerlo, ya algo más anestesiada por el conjunto de vidas desgraciadas que había conocido a través de sus páginas y me pareció una forma magistral de contarlo. 


Termino con una convicción: hay que leer a aquellos autores que nos provocan, que nos mueven a pensar más allá de nuestras rutinas. Sin duda, hay que leer a Carver. 




Los suicidas del fin del mundo

martes, 23 de enero de 2024

Mi última entrada fue en 2018. Me parece a la vez mucho y poco tiempo el transcurrido; lo que sí es cierto es que desde entonces han pasado mil vidas, no una. Para mí y creo que para todos; los que hemos vivido la pandemia nunca volveremos a entender el tiempo de la misma forma. 

Desde 2018 utilizo otros escaparates; he estado en Facebook (ya ni lo abro) y abrí una cuenta en Instagram donde publico de todo, pero fundamentalmente de mi otra fuente de expresión, la pintura.  

En cuanto a la lectura, no he dejado de leer, pero sí que siento que he estado un poco anestesiada, sin querer sentir demasiado. He buscado lecturas de las que "limpian la mente" (lo pongo entre comillas porque no es mío, lo he escuchado recientemente en un podcast, no recuerdo cuál), pero  cuando me he enfrentado a algo más profundo, he sentido cierto rechazo; no era el momento. 

Desde que empezó este 2024 sentí que tenía que poner cierto orden en la maraña de información (por llamarlo de alguna forma) que me llega; me he propuesto desuscribirme de la mayor parte de las newsletter a las que estoy suscrita, y que ni tengo tiempo ni ganas de leer.


Y así, borrando correos, llegué a la newsletter de Pat Gento, a la que tampoco recordaba haberme suscrito, y que abrí con la intención de borrar la suscripción. Pero cuando empecé a leerla me enganchó, me vi clicando en los links que sugería y recordé por qué me había suscrito (y por supuesto no borré). 


Una de las recomendaciones fue el Podcast de Javier Aznar, Hotel Jorge Juan, y como tenía 45 minutos de coche por delante, me puse el último episodio. Tengo que decir que el propio podcast en sí merece una entrada entera, y la haré, pero la cuestión ahora es que ese primer episodio, en el que conversaba con Noe Olbés (escuchadlo, merece la pena), me trajo un listado de libros pendientes; el primero que decidí comenzar fue “Los suicidas del fin del mundo”. 



La premisa, un pueblo de la Patagonia donde en una determinada época se suicidan un número alarmante de personas (sobre todo jóvenes). Parece que la historia no trasciende, nadie investiga, no ocupa ninguna portada, pero sí llama la atención de la autora, Leila Guerriero, que acude allí y nos trae esta crónica periodística-narrativa que atrapa desde la primera línea. 


Siempre hay algo novelesco en un suicidio. Por incomprensible, por doloroso, por la historia que creemos que debe haber detrás. Necesitamos creerlo; necesitamos un por qué, una razón que lo explique en ese caso en concreto, porque si no hay ninguna, nadie está seguro. La fugacidad de la vida en su máxima expresión: la autoamenaza. 


Pues bien, Leila Guerriero huye de novelas y cuenta la realidad, sin filtros, descarnada. Trata al lector como un actor más de la historia, no explica, sólo pregunta, indaga y obtiene el cuadro completo. Casi completo; en estos casos, como es lógico, falta la voz del que decide no seguir. 


En general las vidas pintadas son amargas, duras, y sin embargo la decisión de morir no encaja. Cada una de las muertes es una sorpresa, aunque las condiciones de vida sean un caldo de cultivo perfecto para tomar esa decisión. Incluso en las vidas de los que se quedan, se advierte una suerte de feliz resignación, casi diría que esperanza; me recuerda a los relatos de Benedetti y me pregunto cuánto de ficción habría en ellos. 


Cuando termino el libro me lleva un tiempo volver a mi realidad. Ocurre con la buena narrativa; he caminado por las Heras, he entrado en esas casas, escuchado sus historias, me he sumergido en sus vidas. He visto otra cara del suicidio, la única que podemos conocer, la de los que se quedan. A ellos, a los del fin del mundo, Leila Guerrero ha conseguido lo que imagino que cualquier buen periodista aspira a conseguir:  les ha dado voz.


Y en mi caso, este libro ha conseguido algo más: volver a tener ganas de recomendar, de compartir, de volver a mi blog. Ha pasado mucho tiempo, hay mejores plataformas, más rápidas y que tienen más difusión, pero me apetece volver aquí. De momento cuando escribo esto ya tengo otros dos libros más para compartir, el podcast al que me refería al inicio y una aproximación distinta a películas de siempre. Quedaos por aquí, compartid vuestras sugerencias y volvamos a crear momentos.

Konets, cerrando el circulo de Gellida

lunes, 8 de enero de 2018

Leí a Gellida por primera vez prácticamente al inicio de mi aventura bloguera, y recuerdo perfectamente la sensación que me acompañó al terminar Memento Mori: “quiero más”.  Y así pasé por las dos trilogías, con el inciso de Khimera y llegué al final prometido: Konets. El libro que pone punto y final a este periplo, que cierra el círculo. Un círculo formado por historias que de algún modo se conectan, aunque cada trilogía es independiente, y Khimera y Konets también lo son. Suena complejo, y lo es; imaginad un laberinto que contiene varias ciudades unidas por túneles subterráneos casi ocultos... eso es lo que ha construido Gellida en estos años.

Y así, me enfrento al último libro con desgana; no quiero que se acabe. He disfrutado mucho con Gellida, me ha descubierto personajes, historias y hasta una nueva forma de leer: libros con banda sonora. 

Y asi, me enfrento al último libro con ganas; quiero que se acabe. Necesito un punto y final, un colofón, un hilo conductor. Necesito que el círculo se cierre y que abra el camino a algo nuevo.

Abro Konets, y Gellida me acompaña en un tour por lugares conocidos. Encuentro viejos amigos a los que echaba de menos, conocidos, todo se va embrollando hasta llegar a un momento en el que no sé ni dónde estoy... un momento, ahí está el hilo, y al seguirlo voy desenredando la historia, cerrando capítulos. 

Abro Konets, intuyendo que este viaje termina aquí, y avanzando casi sin darme cuenta, he llegado. Hemos llegado: el autor siempre presente en sus libros, casi como si estuviera contándote la historia en el sillón de la lado.

Cierro Konets, y sé que no hay más. Y eso en cierto modo hace que todo el proceso sea perfecto, que se adivine la tela de araña en la que el autor nos ha atrapado, y cómo ahora nos deja fuera, sin saber muy bien qué ha pasado.

Cierro Konets, y sé que hay más. Que mientras esta historia agonizaba, quizás mucho antes, el universo Gellida tenía otro plan. Esperando, impaciente, curioso, a que sus personajes y sus lectores se amaran, se odiaran, se comprendieran y se perdonaran. Y por fin, permitiéndoles despedirse.

Mi recomendación hoy es que os sumerjáis en este particular y retorcido mundo creado por Gellida. Vais a disfrutar, vais a estremeceros, a sentir la dualidad que existe en todos, incluso en vosotros mismos. Que el bien y mal no es absoluto, que el futuro no es algo lejano e inimaginable, que nuestras peores pesadillas están más cerca de lo que creemos.


Y sobre todo, vais a conocer a un autor que sinceramente, no tengo ni idea de qué camino seguirá después de este viaje. Lo que sí sé, es que ahí estaré para descubrirlo. 


Una vuelta al pasado: Los cinco y yo

martes, 5 de diciembre de 2017

Cada momento de mi vida, cada etapa, aparece ligada a un determinado autor, o a uno o varios libros. Algunos vinieron para quedarse (como mi imprescindible García Márquez), otros fueron algo pasajero, pero todos ellos han ido ayudándome a crecer de una u otra forma. Creo que sin duda los libros, para aquellos que hacemos de la lectura más que una pasión una necesidad, definen en gran medida lo que somos.

Y no puedo imaginar mi infancia sin Enid Blyton. Una vez que descubrí sus libros, no sólo se convirtieron en mis favoritos, sino que experimenté por primera vez la increíble sensación de leer siendo parte del libro, de la historia, de tal forma que durante el tiempo que leía me olvidaba del reloj, de dónde estaba, incluso de quién me acompañaba en la habitación. Por eso, la idea de leer un libro titulado “Los cinco y yo”, me atraía y repelía a partes iguales; no siempre aquello que hemos admirado en la infancia pasa la prueba de una revisión en la edad adulta.




No obstante, una vez comencé a leer, Antonio Orejudo me atrapó. De una forma un tanto torticera al inicio, preguntándome dónde empezaba la ficción y terminaba la realidad, o incluso si existía alguna realidad. Pero pronto, sin darme cuenta, ya no estaba en mi sillón: había vuelto a Villa Kirrin.

Porque me identificaba con cada línea, porque me sorprendía una descripción precisa de cómo me sentía hace tantos años… Porque de repente, experimento exactamente lo que en su día me hacía permanecer las horas muertas pegada a un libro, ajena por completo a lo que me rodeaba. 

Empiezo a subrayar frases que me parecen magistrales, porque ponen en palabras mis emociones, las de ahora y las de entonces. Y lo hacen de tal forma que la sensación es de haber completado una necesidad que ni siquiera era consciente de que existía. Asiento al leer esto y aquello, dejo de subrayar porque prácticamente estoy destacando todo el libro… Me siento confusa, no sé si estoy homenajeando lo que estos libros significaron para mí, o derrumbando parte de su recuerdo.

Y no puedo dejar de leer; sea como sea, necesito llegar al final, al fondo de aquella parte de mí que vuelve ahora con fuerza, como algo presente, una parte que nunca se ha ido, al menos no del todo. Y veo, y recuerdo, que no estoy ni estaba sola, que fuimos muchos los que nos dejamos atrapar -¿engañar?- por unas historias que nos parecían cercanas y a la vez nos dejaban entrever mundos  casi casi extraterrestres. 

Llego al final. Hace muchas páginas que lo deseo y lo temo, porque sé que este libro ha despertado la conciencia de cuánto he perdido de mí misma por el camino. No sé si debería recuperar la visión ingenua y el zambullirme en cada libro disfrutando de la historia, convirtiéndome en personaje de la misma y dejando a un lado el cinismo que me acompaña desde hace tiempo -y del que no era consciente hasta que no he leído este libro- o si en realidad es la visión cínica la que debe prevalecer; quizás el ser adulto lo hace inevitable. 

Sin embargo, conforme escribo, se me aparece con claridad que hay que tratar de recuperar la inocencia, el entusiasmo de cada nueva lectura. Siendo más consciente de que en todos estos años, quizás me he olvidado muchas veces de disfrutar, sin más pretensiones. 


Sí, hay que leer este libro. Si leíste a Los Cinco, porque directamente Antonio Orejudo se dirige a ti. ¿Te hará sentir único, o todo lo contrario? ¿Te gustará lo que ves desde tu edad actual, sentirás nostalgia, descubrirás que nada fue lo que parecía? Y si no leíste a Los Cinco, quizás quieras recordar esas otras historias que hicieron desaparecer la realidad que te rodeaba. Al fin y al cabo, en uno y otro caso, hoy eres de los que buscan vibrar con un libro; por eso tú y yo hoy nos encontramos aquí, y por eso, en cada libro, nos dedicamos mutuamente un momento de nuestro día.

Como ya anuncié en Facebook, a partir de ahora colaboraré en el blog Ni un día sin libro, y al principio las reseñas serán publicadas en los dos sitios. Os invito a que le echéis un vistazo también allí; un paseo por Ni un día sin libro siempre es una buena idea. 

De vuelta con Silvio

miércoles, 29 de marzo de 2017

Y  repente, una tarde cualquiera, se me ocurre volver a escribir. Ningún suceso especial, sólo una canción, pero qué canción... pura poesía, un canto a un amor que duele, porque no ha llegado a serlo; Silvio Rodríguez y su Óleo de una mujer con sombrero.

La habré escuchado un millón de veces, cuando venía a cuento en mi vida, y también cuando no; siempre vuelvo a ella, a Silvio, cuando siento nostalgia, pero también cuando me hace falta cuidar el alma. No sabría decir por qué, pero escuchar a Silvio, y muy especialmente esta canción, me produce una calma q pocas cosas pueden conseguir. Empieza siendo tristeza, pero pronto, muy pronto, se transforma en paz, en serenidad y en comienzo. Siempre. Me considero afortunada por tener este refugio, y siempre agradeceré a quien trajo a Silvio a mi vida; seguro que ella lo recuerda.

Y por eso he pensado en ofreceros (de nuevo, porque ya publiqué una entrada sobre Mano a mano) mi bálsamo, para que, si no lo habéis hecho ya, empecéis a utilizarlo. Empezad con esta canción, escuchad un lamento por un amor que ha fracasado sí, pero atentos a la forma en que se enfrenta el autor al fracaso. Esa mujer, que por cobarde, se ha perdido "esa bella locura", "mi forma de amar", "mi huella en su mano". Es ella quien ha huido, y por tanto es ella quien ha perdido.

Porque en el amor, la cobardía no puede existir. Dos conceptos que, si no lo hacemos ya, debemos considerar opuestos, enfrentados en un duelo en el que sólo uno puede sobrevivir. "Los amores cobardes no son amores ni historias, se quedan ahí". Cómo vamos a enfrentarnos a algo tan arriesgado, tan necesitado de entrega y generosidad como es el abrir nuestro corazón y nuestra alma a alguien, siendo cobardes. En el amor, como en todo, la cobardía estorba, impide avanzar y deja un sabor amargo. Sí, en todo. Pensad en vuestra propia vida, en aquellas decisiones en las que os guió el no querer correr riesgos... aún hoy nos dejan un nudo en la garganta, ¿verdad?

Pensad en ello, escuchad la canción con los ojos cerrados, saboreando y haciendo vuestra cada palabra. Vosotros sois los valientes, sentid que todo es posible. No hay garantía de éxito, es verdad, pero sí de la paz interior del que sabe que se ha entregado, que ha amado, aun cuando no haya sido correspondido de la misma forma; el sentimiento de las cosas bien hechas, y el orgullo de haber sido capaz de algo tan difícil como amar. 

Por mi parte, gracias de nuevo a Silvio por despertar esta parte de mi que me llevaba, entre otras cosas, a este rincón cada semana, por traerme de nuevo mi "momento del día". 

Para compartir leyendo: Estrómboli

miércoles, 10 de agosto de 2016

Después de un tiempo sin escribir, el blog me llama. Quizás porque entre mis últimas lecturas he encontrado la motivación que me faltaba; no sabría decir si leo más porque escribo o escribo más porque leo, pero en cualquier caso, sin duda cuando un libro genera en mí algo inusual, de forma automática vuelvo al blog.

Y lo hago de la mano de una de las recomendaciones más insistentes de Juanjo, al que ya conocéis y seguís en Ni un día sin libro: Estrómboli, de Jon Bilbao. Un libro de relatos que son pedacitos de vidas, instantes pensados y plasmados con una finalidad: llamar nuestra atención y perdurar en el recuerdo.


Porque no son relatos al uso (si es que eso existe). Son episodios que nos dejan con un buen sabor de boca, el de las cosas completadas, algo realmente difícil de conseguir en los libros de relatos, que muchas veces nos dejan un sentimiento de insatisfacción. Como si fuesen ensayos de algo destinado a ser más grande y que se quedó en el camino. Jon Bilbao, de forma magistral, llena nuestras expectativas en cada uno de esos pequeños cuentos, nos intriga, divierte y atrapa de tal forma que casi casi llegamos al final conteniendo la respiración. 

Y todo ello con ese dominio de lenguaje que permite a los verdaderos escritores hacer maravillas con él. Utiliza las palabras para provocarnos exactamente de la forma que quiere, llevarnos al punto en el que quiere situarnos, de tal forma que al final, no sabríamos decir quien utiliza a quien: ¿es el escritor quien maneja los hilos, consiguiendo nuestras reacciones, o tenemos nosotros capacidad de decisión? Mucho me temo que no: en realidad somos prisioneros a lo largo de las páginas, con la falsa sensación de libertad que produce la brevedad de los relatos. No podríamos dejarlos, aunque quisiéramos, y esa es la intención que desde mi punto de vista existe en el libro.

Como ya sabéis, no me gusta desvelar nada del argumento; aquí solo se trata de plasmar mis emociones, a fin de que si os animáis a leerlo, podáis compararlas con las vuestras, una forma de compartir, de algún modo, el solitario (en teoría) placer de leer. 

Y mi recomendación hoy es que aprovechando el verano, de tardes interminables y moches calurosas, os atreváis a descubrir a Jon Bilbao. Leedlo, comentadlo, recomendadlo. Es un libro muy agradecido para compartir, incluso admite una lectura casi casi conjunta; el placer de un hallazgo así es doble si lo disfrutamos con alguien. Ahora que tenemos más tiempo libre, ¿por qué no hacer partícipes a quienes tenemos al lado de algo tan apasionante como un buen libro? Estrómboli es una buena forma de comenzar a abrir la puerta de nuestro paraíso privado: nuestros libros. 

Instrumental: el poder sanador de la música

martes, 24 de mayo de 2016

En todo este tiempo sin escribir, he leído libros, visto películas, escuchado música y visitado sitios que sin duda merecen un hueco aquí. Sin embargo, hoy vuelvo al libro que tenía entre manos la última vez que publiqué una entrada, y que no he conseguido quitarme de la cabeza: Instrumental, de James Rhodes. 


He empezado muchas veces a escribir la reseña correspondiente; he releído lo escrito, borrado, vuelto a escribir y borrar. Ante un ejercicio de sinceridad y valentía inmensas como el que realiza el autor, no es posible quedarse a medio camino, limitarse a describir el argumento, pasar de puntillas. No sólo porque en él se trata el tema de los abusos a menores (o como dice el autor, violaciones; parece que el término abusos trata de suavizar el efecto que pueda tener en nuestras conciencias), sino por cómo está contado.

Y es que el autor no se limita a relatar su sufrimiento de entonces, sino también las consecuencias que a día de hoy aún sufre. Y lo hace presentándose como un ser imperfecto, sabiendo que es la víctima y mostrándonos que en realidad, necesita sentirse víctima. Quizás es la parte que más me llamó la atención: no era necesario que nos mostrase que en realidad "disfruta" siendo la víctima, un giro inesperado que en un momento determinado podría conseguir justo lo contrario, el que dejáramos de verlo así. No, no era necesario, y precisamente por eso, logra que nos rindamos, que abandonemos cualquier idea preconcebida y que abramos nuestra mente a todo la crudeza que expone.

Por supuesto, podemos dejar el libro en cuanto nuestra sensibilidad se ve herida, apartar la vista y continuar con nuestra vida. O mejor dicho, con nuestra apariencia de vida; no creo que sea posible una vida plena en la que simplemente apartemos a un lado aquello que nos es molesto.  No lo hagáis. Os estaríais perdiendo una historia dura, sí, pero una historia en la que la esperanza y la redención se van abriendo paso a medida que avanzamos.

Y al fin, la música. Como la gran salvadora, la materialización de cualquier sentimiento. Viajamos en el tiempo a través de la vida del autor de la mano de las composiciones musicales que han marcado cada etapa de su vida, o que de alguna forma siente que la representan. Y así, de su mano, vamos conociendo, o redescubriendo, según los casos, algunas piezas indispensables de la música clásica. Es una selección subjetiva, claro está, y hay que contemplarla desde la perspectiva que el autor nos ofrece: representan pasajes de su vida, momentos de gran intensidad que él aprecia entre sus notas. Atención a la locura, de la mano de Prokofiev: estremecedora.


Mi recomendación: una primera lectura del libro, que permita tener una visión de conjunto. Y luego, con los sentimientos a flor de piel, ocupaos de la música. Comenzad con la selección del prólogo, e id releyendo cada capítulo de la mano de la pieza que lo encabeza. Aprovechad el efecto terapéutico de la música clásica; en el caso de Rhodes, Bach le salvó la vida de una forma literal, pero lo cierto es que todos, en un momento u otro, llegamos a tener algún aspecto que sanar. Lo difícil es tener la honestidad suficiente como para reconocérnoslo, y la valentía de abordarlo; cualquier momento es bueno para empezar, así que, ¿por qué no hoy?

Cicatriz

jueves, 17 de marzo de 2016

Cuando termino un libro, lo primero en lo que pienso es, de forma inmediata y casi casi automática, si querría recomendarlo y a quién. Hay muchas razones para recomendar un libro; el argumento, la sensibilidad de la persona destinataria, el momento emocional. Y hay ocasiones en las que te encuentras con que la razón fundamental para recomendarlo es que has descubierto a un autor excepcional. Hoy os traigo un libro que aúna todas esas razones, y más: Cicatriz, de Sara Mesa.


Lo cierto es que aunque me lo había recomendado Juanjo, de Ni un día sin libro, en varias ocasiones lo había tenido entre las manos y vuelto a dejar, quizás porque la contraportada habla de una historia de amor en unos términos que no acababan de llamar mi atención. No cometáis ese error: Cicatriz no es una historia de amor al uso, ni siquiera estoy segura de que haya una historia de amor entre sus paginas. 

Y así, cuando comencé a leerlo me sumergí, desde la primera palabra, en el universo creado por Sara Mesa. Pequeño, limitado, concentrado en dos personajes, sí, pero a la vez intenso, extraño y profundamente inquietante. Durante toda la lectura me acompañó una sensación de inquietud, de incomodidad; tenía la impresión de estar invadiendo una esfera íntima, y lo cierto es que así es: nos colamos en la mente de Knut y de Sonia, en sus más profundos pensamientos. Vivimos un intercambio de lo más recóndito de cada uno, en un juego constante con el lector: ¿qué es real y qué es inventado? ¿Son los personajes lo que dicen que son? ¿Quién juega con quién?

Porque en los inicios de toda relación hay juego, hay una parte de ficción, tratamos de mostrar lo mejor de nosotros mismos, queremos a toda costa impresionar. Y poco a poco, vamos descubriéndonos y descubriendo al otro, conociendo las imperfecciones que a la larga son lo que nos definen. Pero ¿y si el juego se prolongara a lo largo de los años, adueñándose de nuestra vida y convirtiéndonos en aquello que fingimos ser? ¿Haría real lo irreal, o terminaría por deshacerse, por estallar? Eso es Cicatriz.

Y por si no bastara con eso (¿a que a estas alturas de la entrada ya tenéis ganas de leerlo?), nos encontramos con que Sara Mesa juega con las palabras y con el lenguaje de tal forma que en cada párrafo no podemos dejar de asombrarnos. Lo que distingue a un escritor brillante, lo hallamos en Cicatriz: no es sólo lo que se escribe, sino cómo se escribe. La forma nos maravilla al mismo nivel que el fondo, incluso más. Disfrutamos con el argumento, sí, pero también nos sorprendemos con el formato (aquí no doy ninguna pista porque gran parte de la originalidad de esta novela radica en él), y con las constantes referencias literarias, con que el modo en que las palabras no sólo cumplen el propósito de contar, sino que además embellecen (y no poco) la historia.

Cuando terminé Cicatriz, como os decía al comenzar esta entrada, tenía claro que lo recomendaría y no tuve que pensar a quién. En este caso, más que una sugerencia es casi una orden: tenéis que leerla. Porque descubrir a una gran escritora no tiene precio; al fin y al cabo, la buena literatura abre nuestra mente y no es tan sencilla de encontrar.

Por mi parte, estoy deseando empezar Mala letra, de la misma autora, aunque se ha colado con una fuerza inusitada un libro que os traeré en cuanto termine, Instrumental, de James Rhodes.  Pasar de Cicatriz a Instrumental es el ejemplo perfecto no sólo de la diversidad de opciones que existen, sino también de lo apasionante que puede llegar a ser leer; de cómo la literatura puede ser, sin duda, nuestra tabla de salvación.







En lo alto de la torre: más que una fábula

martes, 8 de marzo de 2016

Hoy os traigo un libro atípico, de una editorial para mí desconocida hasta ahora: En lo alto de la torre, de Ardicia ediciones, que he descubierto, cómo no, gracias a mi blog de cabecera, Ni un día sin libro. Ellos también lo han reseñado, y os recomiendo leer su entrada; si no lo habéis leído, tendréis dos perspectivas, y si ya lo habéis hecho descubriréis puntos en común con alguno de nosotros, o todo lo contrario, no estaréis de acuerdo con ninguno. En todo caso, una parte importante del atractivo de un libro es compartir opiniones, ¿no creéis?

Primero, algo de lo que no suelo hablar, porque en realidad es difícil que me llame la atención, es el "aspecto físico" del libro. En este caso no me queda más remedio, porque lo cierto es que las ediciones de Ardicia son tan atractivas que reclaman tu atención desde la estantería. Ya me ocurrió con otro de sus libros, En la niebla, cuya cubierta me atrajo poderosamente. En el caso de En lo alto de la torre, he llegado incluso a volver a la portada durante la lectura del libro, para simplemente contemplar la ilustración y volver a reanudar la lectura.


En cuanto a la historia, aparentemente la línea argumental es sencilla: Narcisse Gurdebeke, vigilante de la torre del pueblecito de Flyssemugue poco a poco y ante la dificultad de subir y bajar los cuatrocientos veinticinco escalones de su nueva residencia, acaba por construirse un auténtico vergel en la propia torre. En la contraportada del libro nos hablan de una fábula con tintes ecologistas (algo sin duda avanzado para la época en la que se escribió), y lo cierto es que algo de eso hay. No obstante, a mí me transmitió no sólo mucho más que eso, sino mucho más de lo que esperaba, hasta el punto de que tiene un hueco en la estantería de mis libros favoritos.

Porque aparecen en este libro algunos de los grandes demonios con los que se enfrenta el ser humano al vivir en sociedad. Por un lado, la envidia, encarnada aquí en el escribano, que antes de que llegue a perjudicarle, lo rechaza de plano: cómo va a disfrutar de comodidades adicionales el vigilante de la torre (si yo no las tengo). Por otro lado, la mentalidad estrecha y el miedo al cambio; así, las gentes de Flyssemugue, que sin tratar siquiera de entender qué está ocurriendo, lo juzgan y condenan simplemente por ser diferente a lo conocido. Aunque sea mejor; al final es necesaria una demostración fehaciente que venza el habitual "si no lo veo no lo creo".

Y en cuanto a nuestro héroe, lo cierto es algo más: también es villano. Porque al final tantos desvelos son consecuencia de la pereza (comprensible desde luego) de subir y bajar los escalones, y porque aunque intuye (y luego comprueba) que puede perjudicar a sus semejantes (así, le impide en ocasiones desarrollar sus deberes de forma eficaz, e incluso causa destrozos en la torre cuyo cuidado es su principal trabajo), egoístamente sigue adelante sin calcular si es posible poner los medios para que no causar ningún daño.

Finalmente todo se acaba resolviendo gracias a un hecho absolutamente fortuito, que todo el mundo celebra sin pensar en que los problemas que en su día ocasionó la transformación de la torre siguen sin ser abordados. Pero aquí, como en Fuenteovejuna, todos a una, ya sea para condenar o para aplaudir; ¿veis la crítica que encierra una historia  aparentemente tan simple?

Lo cierto es que En lo alto de la torre es un libro que puede dar lugar a muy diversas interpretaciones; y precisamente ahí radica su originalidad y su valor. Os recomiendo su lectura (el libro es breve, por lo que no tardaréis demasiado) de forma casi casi conjunta, de tal modo que podáis discutir sobre lo que ha querido transmitir el autor, sobre lo que os provoca. Por mi parte, una vez leído y reseñado, espero a que Juanjo y Virginia lean esta entrada. ¡Hagan juego señores!


Un momento de película: 10.000 kilómetros

miércoles, 2 de marzo de 2016

¿Y si un buen día a tu pareja le ofrecieran una oportunidad en su trabajo/pasión única e irrepetible? La respuesta emocional es clara: sentirías alegría, orgullo. Pero ¿qué ocurre cuando esa oferta implica un cambio de residencia a, digamos, diez mil kilómetros, durante un año? Ahí ya entran en juego otras emociones, ¿verdad?

Esta es la premisa de la película 10.000 kilómetros, dirigida por Carlos Marques-Marcel y protagonizada por Natalia Tena y David Verdaguer. Complicada en cierto modo con un elemento adicional que es que la pareja había decidido tener un hijo, y digo en cierto modo porque no me parece que sea un elemento esencial, al menos inicialmente. 


Durante los 98 minutos de duración de la película, pasamos de ser meros espectadores a identificarnos con los protagonistas. Somos, según en qué momento, él o ella; entendemos al uno, juzgamos al otro, nos enfadamos con los dos. En realidad, aplicamos lo que vemos a nuestra propia vida; a todos nos gustaría ser tan generosos y seguros de nosotros mismos como para que la distancia, física y en ciertas ocasiones emocional, no fuera un problema, pero lo cierto es que lo es. 

Tengo que reconocer que los primeros quince minutos estuve a punto de dejar de verla. Quizás sentía que no era el momento de verla; al fin y al cabo cualquier manifestación artística, ya sea cine, literatura, pintura... tiene la capacidad de conectar con nuestras más íntimas emociones, de despertar sentimientos y de remover conciencias.  Hay momentos en los que estamos preparados para ello, dispuestos a sentir la sacudida correspondiente, y hay otros en los que no. No obstante, es precisamente esa capacidad la que en mi opinión nos permite elegir entre una película u otra, un libro u otro, lo que marca nuestros favoritos y lo que debería llevarnos a ser más cautos con la calificación de lo que es arte y lo que no. Al fin y al cabo, el arte, por definición, es subjetivo; ¿quién soy yo para decir que lo que a ti te provoca incomodidad, tristeza, alegría o cualquier otra emoción, no lo es?

Una vez superado ese momento, tengo que decir que la historia me atrapó. Probablemente tiene mucho que ver el ambiente íntimo, a ratos incluso opresivo. Un argumento que en teoría parece previsible, manido y tópico, se transforma ante nuestros ojos en algo fresco, visto desde una perspectiva que no es fácil de transmitir: el interior de una pareja. La historia va creciendo en intensidad, de tal forma que por un momento, nos transformamos en los protagonistas, elegimos, quizás incluso juzgamos, y tras el desenlace final, comprendemos, perdonamos y recordamos que "esa persona podría fácilmente ser yo". 

Y nos demuestra, una vez más, que no hay buenos y malos; que todo es cuestión de profundizar y ver que no hay una forma correcta de hacer las cosas a priori; es la experiencia la que nos hace sabios, y lamentablemente, la primera vez que nos ocurre algo, carecemos de ella. Es fácil, muy fácil, situarse en un pedestal de superioridad desde nuestra (por ahora) confortable y cómoda rutina, y erigirnos en jueces, sin conocer la situación y sin tener en cuenta que quizás lo que consideramos un error garrafal es consecuencia del miedo, o que la actitud que admiramos no es otra cosa que conformismo. Lo cierto es que la vida suele tender a ponernos a cada uno en nuestro sitio, y a demostrar que, por suerte o por desgracia, todos somos humanos. 

Por eso, porque muchas veces olvidamos el esfuerzo que requiere una relación, ya sea de pareja, de amistad o de familia, porque es conveniente de vez en cuando poner a prueba nuestras más íntimas convicciones, 10.000 kilómetros es una película no sólo recomendable, sino según el momento de nuestra vida o nuestro estado emocional, puede ser incluso necesaria. Una película que puede llevar a largas conversaciones o a solitarias reflexiones, pero que en todo caso, no nos dejará indiferentes. Que es de lo que se trata; de no pasar por la vida de puntillas, de tomar decisiones, de equivocarnos y de aprender de nuestros errores. ¿Nos atrevemos?

La casa. Una novela gráfica para emocionarse.

miércoles, 24 de febrero de 2016

A estas alturas ya conocéis mi afición a la novela gráfica, un reencuentro que se produjo gracias a los amigos de Ni un día sin libro, que de nuevo trajeron a mis lecturas los "cómics" que creía relegados a la infancia. No sólo es un género que carece de edad, sino que además cuenta con auténticas joyas como la que hoy os traigo: La casa. 


El autor, Paco Roca, me fascinó en Arrugas, de la que hablaremos en otra entrada sin duda, y por ello escogí La casa en la estantería de mi librería favorita. Cuando comencé a leerlo, no pude parar. Me vi en aquella casa, sentí la nostalgia, los años transcurridos, la resignación de la vejez. 

Entré una y otra vez en aquel patio a través de los ojos de cada uno de los hijos. En todos ellos, un anhelo: recuperar a aquel que se fue, vivir de nuevo el tiempo compartido. A los padres se les adora, se les admira y llegado un momento, se les juzga con severidad; olvidamos tantos momentos en que han vivido por y para nosotros, los sacrificios, las noches en vela y las decepciones, no con nosotros, sino consigo mismos. Cuando por fin aceptamos que, al fin y al cabo, son humanos, y aprendemos a disculpar sus errores, es cuando más cerca estamos de ellos. En algunos casos, se inaugura una etapa de compañerismo, de confidencias y de recuerdos; en otros, sin tiempo ya para ello, debemos conformarnos con los recuerdos. 

Y así, a través de las páginas de La casa, paseamos por la vida de su dueño a través de sus hijos; nos emocionamos con el momento en que deben deshacerse de sus cosas, asistimos al reencuentro entre los hermanos, contenemos la respiración cuando se atreven a desear, y si...?

Y comprendemos que sí, es posible recuperar en nosotros al niño que fuimos, perdonar y comprender. Quedarnos con lo esencial, con unos recuerdos que son parte de nosotros: somos los que somos gracias a cada uno de los instantes vividos. 

En las viñetas de En la casa, somos espectadores de toda una vida. Del proceso de duelo, de lo que supone la pérdida de una referencia como es el padre. Las comparaciones, los análisis de la propia vida son inevitables; en cierto modo, termino el libro y me siento más cerca del mío, lo comprendo un poco mejor y siento que el tiempo pasa demasiado aprisa. 

Un libro para emocionarse, para aplicar a nuestra realidad; para vivirlo. Entrad en La casa, acompañad al autor a través de sus recuerdos. Y al fin, volved la mirada a aquellos que os rodean, los que siempre han estado ahí; decid te quiero siempre que podáis. Al final, lo que nos llevamos, lo que queda, es eso. 

Maridaje y momentos: Ilex "A solas"

miércoles, 17 de febrero de 2016

Hacía tiempo que quería volver a traer al blog lo que yo llamo "maridaje y momentos". La verdad es que un buen vino contribuye a crear una atmósfera de intimidad y hogar, tanto en compañía como a solas, y en general cualquiera de las recomendaciones que aquí hacemos se pueden (incluso se deben) disfrutar con una copa de nuestro vino favorito. 

El que os traigo hoy es Ilex Coupage 2014, de Bodegas Castiblanque, Campo de Criptana (Ciudad Real). Un descubrimiento perfecto para acompañar otro: las ilustraciones del libro "A solas", de Idalia Candelas. No he tenido oportunidad de conseguir el libro (aunque estoy en ello), pero sí de conocer su trabajo gracias a su instagram, y desde el primer vistazo me atrapó. 

Las ilustraciones de A solas nos cuentan la historia, cada vez más común, de mujeres que viven sin pareja. Hasta aquí, ninguna novedad, ¿verdad? Pero lo cierto es que sí es un tratamiento novedoso: la soledad como algo deseable, atractivo. Cada ilustración refleja un momento, un pequeño placer: una taza de café en la cama, un libro a solas... Y aunque no hay palabras, cada imagen destila armonía, serenidad... Una auténtica declaración de principios. 

Porque lo cierto es que tradicionalmente hemos visto la soledad como algo indeseable, un sentimiento del que huir a toda costa. Pero ¿y si resulta que no lo es, que es algo incluso necesario? No solamente una opción de vida que puede ser tan plena como cualquier otra, sino un espacio que, incluso en el caso de aquellos que han escogido vivir en pareja deben reservar y descubrir. Viendo estas ilustraciones, en ese momento que me he reservado, con una copa de vino al lado, me doy cuenta de que estoy viviendo mi propio momento a solas; pensad en ello, recopilad vuestras situaciones; elegid aquellas que os son más necesarias. Desde esa perspectiva la soledad no nos asusta, ¿verdad?

Y así, hay veces que hay que pararse, respirar y mirar adentro. Para no perderse en los papeles que nos definen en relación a los demás (madre, hija, esposa, amiga, hermana...), para desarrollar nuestro yo, para conocernos y en definitiva, lo más importante: para querernos. Sólo así podremos ofrecer a los demás nuestra mejor versión. 

Las ilustraciones de Idalia consiguen el más difícil todavía: transmitir sentimientos. Os dejo con la que he guardado en el móvil, para cuando me hace falta cierta calma: un oasis de bolsillo. Elegid el vuestro, acompañadlo de una copa de Ilex y disfrutad, hoy mismo, de una soledad enriquecedora. 





Irène

miércoles, 10 de febrero de 2016

La entrada de hoy debía haber sido la entrada de ayer, y el tema diferente, pero este fin de semana se cruzó en mi camino "Iréne", de Pierre Lemaitre, (editorial Alfaguara negra), y desde prácticamente la primera página, supe que en el momento en que lo terminara, tenía que escribir sobre él. 


Recordaréis al autor porque ya hemos hablado de otro de sus libros, "Vestido de novia", que fue el motivo de que el viernes pasado eligiera "Iréne" en la estantería de la librería. Recordé que el primero de ellos me sorprendió; una historia bien elaborada, sin cabos sueltos, que mantiene el suspense a lo largo de toda la novela y que no defrauda en el final. 

Esperaba, por tanto, algo similar a "Iréne". Me apetecía leer algo que me entretuviera, una historia bien contada, intriga y acción con un argumento poco convencional, fundamentalmente. Pero me encontré más. Mucho más. 

"Iréne" es el primer libro de la serie protagonizada por el inspector Camille Verhoeven, quien encabeza un equipo de policías que se enfrentan a una serie de crímenes no aptos para estómagos delicados. Eso, y sólo eso, es lo que quiero desvelaros del argumento, porque es uno de esos libros a los que hay que enfrentarse, más que disponerse a leer; sumergirse en él y pensar que es muy probable que su protagonista termine acompañándonos durante más tiempo del previsto. 

Y es que quiero seguir conociéndolo. Quiero saber hasta dónde Lemaitre va a llevar a su personaje, qué le permitirá hacer y qué estará vedado. Porque desde que comencé el libro, la historia me mantuvo alerta, intrigada, deseando volver a ella, pero sin duda fue Camille, con su toque de atipicidad, su perspicacia a lo Sherlock y su aparente normalidad, (que no vulgaridad), quien me condujo por todo el libro, sin permitirme apartar los ojos de él. 

Camille es más de lo que muestra. Y no creo que la intención del autor sea que lo conozcamos en este libro; hay más, mucho más, oculto tras su fachada de hombrecillo acostumbrado a las miradas de asombro. Y no me refiero a los momentos en que se muestra al hombre, (fundamentalmente a través de su relación con Irène, su mujer), y no al policía. Hay algo en él, una furia que se adivina contenida a lo largo de su existencia, que quizás tiene que ver con su físico y con un pasado que tampoco se nos revela en este primer libro. Laemaitre nos permite asomarnos por una rendija e intuir que, en algún momento, su realidad se romperá. Y nos situamos como espectadores de lo que está por venir, queriendo a la vez ver que sucede, y evitarlo. 

Lo acompañan un elenco de personajes que se definen en relación con él; lo complementan, sirven a sus propósitos incluso aun cuando es él quien termina por hacer de ellos lo que son. Como antagonista, un personaje perverso, sí, pero no sólo eso; sus acciones son inexplicables para una mente sana, ¿o quizás no? ¿Terminaremos considerándolo solo un enfermo, o hay algo más? 

Por si todo esto no bastara, a lo largo del libro hay numerosas referencias a la novela negra, con una lista de clásicos que puede dar origen a un debate que sólo se apunta en el libro, pero que sin duda existe. De momento, me quedo con las referencias de Lemaitre a otras obras, y con la posibilidad de una interesante conversación/discusión con aquellos de los que me rodean que lean el libro (¿no sería increíble poder tenerla con el autor?) acerca de la elección de las obras. Estoy segura de que alguno de los que me leéis está frotándose las manos ante la perspectiva. 

En definitiva, un libro que convierte al lector en espectador, y a la vez le otorga un papel protagonista; el de conocer, descubrir y quién sabe si identificarse con Camille, prolongando su misión más allá de la última página. Así, mi recomendación de hoy es que comencéis a conocerlo; estoy segura de que como en mi caso, vuestro próximo destino será el siguiente libro de la serie: "Álex".